LA LÍNEA INVISIBLE ENTRE EL PASADO Y EL PRESENTE ©
Hoy por fin me he percatado
de la línea que separa
mi vida actual del pasado.
Una sensación extraña.
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Antes podía decir
"¡qué guapa eres!", sincero,
sin temor a la malicia
ni a miradas de desprecio.
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Aún me conmueve la gracia
del cuerpo de una mujer:
su belleza delicada,
su misterio, su querer.
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Y esa mirada que invita
a un encuentro verdadero,
esa luz que te atraviesa
y se queda como un eco.
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Yan han pasado los años,
y aunque mi mente es la misma,
la juventud me ha dejado,
y me ha olvidado en la orilla.
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Quise decir "¡qué belleza!",
sin lengua de doble filo,
pero sólo hallé tristeza
tras un gesto inadvertido.
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Me miraron con desdén,
como si fuera un intruso.
Mi alma aún se estremece,
pero su gesto es confuso.
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Yo ya no soy bienvenido
en la danza de la vida.
El deseo va escondido.
La sonrisa, ya perdida.
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J. R. Félix de la Rosa
10 de octubre de 2025 - 9 de enero de 2026
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Comentarios
Muchas gracias por tus palabras y por el "destacado", amigo Bernardo. Esta poesía esta basada en un hecho autobiográfico real, que no tengo ningún pudor en compartir. Resulta que mi querida y esposa y yo solemos ir a comer los jueves a un restaurante cercano a mi domicilio. Allí nos atendía una chica colombiana, joven y de buen ver, muy simpática. Y yo, como siempre, con mis bromitas, que ella, aparentemente, aceptaba (sobre todo jugando con la confusión de palabras en castellano y catalán). De repente esa chica desapareció, le pregunté a la dueña y me dijo que ahora trabajaba en horario vespertino (tarde-noche). Un día, a eso de las ocho de la noche, mi mujer y yo teníamos ganas de comer un bratwurst y, en vez de ir allí a comerlo, fui allí a recogerlo y comerlo en casa. Me atendió esa chica colombiana, igual de simpática que siempre. Y yo, cuando la vi, simplemente le dice: "cada día estás más guapa", sólo eso. Bueno, no sé si son imaginaciones mías, pero me di cuenta que ella hablaba con otros camareros (y camareras) y que miraban hacia mí con sorna. Cuando el bocadillo estuvo a punto ya no fue ella quien me lo trajo, sino el hijo de la dueña. En fin, que mi cabeza empezó a girar y en ese momento pensé que la chica se había ofendido por decirle "qué guapa estás". En ese momento decidí no ir nunca más en ese horario, y que si mi mujer y yo queríamos un bratwurst, o lo que fuese, que iría mi esposa. Eso fue lo que ocurrió. Y esa es la historia de esta poesía que tú has destacado. Mi cabeza me decía que tenía que escribir, y esto es lo que salió fruto de ese incidente. Lo último que quiero parece es un "viejo verde", y creo que la sociedad se está yendo al garete. Ya no se pueden decir piropos. En fin, al menos esto me dió para escribir esta poesía, de la cual estoy muy orgulloso porque me deja expresar libremente.